Proximidad al nuevo lujo.
Ayer en el metro hice recuento: de veinte personas en el vagón, dieciocho estaban mirando una pantalla. Las otras dos estaban dormidas.
Es fascinante que en 2026, cuando disponemos de la tecnología que nos permite «estar en contacto» con cualquier persona del mundo en una fracción de segundo, el bien más escaso se haya convertido en la verdadera intimidad. Una que no necesita Wi-Fi para transmitir emociones.
Soledad urbana en una multitud. Todos la conocemos. Corremos entre una reunión, un café rápido y una cita con el médico, escribiendo mensajes «sobre la marcha». La ciudad nos espolea, tentándonos con lanzamientos (según algunos informes, son hasta 150 productos nuevos al día), prometiéndonos que si compramos ese suero más o descargamos una nueva aplicación, nos sentiremos mejor. Pero por la noche, cuando por fin pisamos descalzos la vida cotidiana, a menudo lo único que sentimos es carencia.
La logística del afecto. La necesidad de estar cerca no es un eslogan sentimental de una comedia romántica. Es nuestra fuerte necesidad biológica. En un mundo que se precipita, la cercanía se convierte en un acto de rebelión.
Es ese momento en el que, en lugar de desplazarnos por Instagram antes de acostarnos, ponemos la mano sobre el hombro de alguien cercano. O, lo que es igual de importante, la colocamos sobre nuestro propio rostro, masajeando la crema y sintiendo cómo nuestra piel «abandona» por fin la tensión de todo el día. Es una toma de conciencia de la propia respiración en medio de un ajetreo concreto.
¿Por qué es importante? Porque la proximidad nos da una sensación de seguridad que no podemos comprar a un precio promocional.
- Cercanía entre nosotros: es la comprensión de que nuestra vulnerabilidad no es un defecto del sistema, sino nuestra mayor fuerza.
- Cercanía con los demás: es un silencio compartido que no avergüenza; es un té que se hace sin que nos lo pidan, justo cuando sentimos que «la ciudad nos ha masticado y nos ha dejado atrás».
Pequeñas ganancias. No tenemos que dejarlo todo e irnos a las Montañas Bieszczady (aunque sea una opción tentadora). La proximidad se construye en micro momentos. En elegir lo que es de calidad frente a lo que es simplemente nuevo. En dejar el teléfono en el fondo del bolso para sentir la textura de un vaso de papel en una cafetería. En la ternura que mostramos a nuestra piel, sabiendo que es el único hogar en el que viviremos para siempre.
Te dejamos hoy con una pregunta: ¿cuándo fue la última vez que sentiste que estabas realmente aquí, sin ningún intermediario de pantalla?
Mañana volverá a haber prisa. ¿Pero hoy? Hoy, elijamos lo que importa. Estemos cerca.
Tu Orivène.